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domingo, 15 de abril de 2012

Capítulo 18. Esas dos pequeñas palabras


Capítulo 18. Esas dos pequeñas palabras.  



Lucas
 
Es sábado a la noche. No contesto los llamados de mis amigos para salir. Mi día se puede resumir en cosas que no hice. No empecé a hacer la tarea de ninguna de las materias, ni siquiera el poema de literatura que debo desde hace semanas. No limpié ni ordené mi habitación, no fui a la práctica de natación. No cociné, a pesar de que es mi turno para hacerlo. No hablé con Esteban. Esa es la parte que más me molesta. Casi.
Mi hermano no había estado en casa en todo el día, no estoy seguro si eso es bueno o malo, porque la realidad es que no sé que decirle. ¿Cómo empiezo siquiera a explicarle? Me da dolor de estómago. Su confianza es importante para mí. Otra de las cosas que arruiné. Ya perdí la cuenta de cuantas son.
Me tiro en la cama con el celular en la mano. No hay mensajes de ella. Mi mayor problema tampoco me habla. Esto es una tortura constante. Desde que cometí la estupidez de llevar a Ania a su lugar de trabajo, no me volvió a hablar. No fue la cumbre de mis buenas ideas, lo sé. Pero eso es parte de lo que ella me hace. Me nubla por completo. No quería herirla, sólo trataba de que entienda como me hace sentir a mí. Quería que le importe. Ahí está, lo dije.

Quiero importarle a Anna, no quiero ser como cualquier otra persona en su vida. Quiero que me quiera, quiero que desee estar conmigo y que me cele por cualquier mínimo detalle. ¿Qué tan loco es eso? Me había convertido en un desquiciado.

No me habla desde entonces, ni una llamada, ni mensaje de texto. Por dentro, trato de autoconvencerme que es como debe ser, que es lo mejor para ambos. Sólo que no logro sentirlo así. Estuve todo el día tratando de contenerme para no cruzar a verla o llamarla. Es lo mejor. Es lo mejor. Es lo mejor. Odio esto.
Siento a alguien tocar la puerta, no respondo. No deseo hablar con nadie. Papá entra sin permiso de todas formas. ¿Alguna vez va a respetar la privacidad de alguien?

–Lucas, te llamaron de nuevo –dice inspeccionando mi habitación para ver que estuve haciendo, como de costumbre– dije que te estabas bañando, que ibas a devolver el llamado después.

–Gracias –contesto sin darle importancia– después lo veo.

–Hablé con tu coach también, me contó que no fuiste a la práctica hoy. ¿Pasa algo?

Suspiro, acá viene el interrogatorio.

–No.

–¿Monosílabos de nuevo? Me podrías contestar al menos con alguna oración para variar.

–No tenía ganas de ir. ¿Contento?

–Siempre tenés ganas de ir. ¿Por qué no fuiste?

–Fui a entregar algunas flores y volví a casa, estaba cansado.

 Ayudo en una florería con los envíos los fines de semana, los dueños son conocidos de la familia y muy amablemente me dan trabajo cuando lo necesito. Solo llevo las flores en auto y las entrego, no es la gran cosa pero me gusta tener mi plata propia y no tener que pedirle todo a papá.

–¿Vas a llamar a tus amigos? –pregunta cambiando de tema.

Me encojo de hombros, no quiero llamar a nadie pero no quiero decirle eso tampoco. Lo veo poner mala cara de nuevo, no le gusta cuando no le respondo. “Bueno, somos dos en eso papá”, pienso.
–¿Dónde está Esteban? –pregunto antes de que se vaya.

–Esteban no va a volver por unos días.

–¿Qué? –Ahora si había llamado mi atención, me levanto para mirarlo- 
¿Adonde fue?

Papá se sienta en el borde la cama. Esto no es bueno.

–Vos lo dijiste Lucas, es hora de que empiece a accionar. Esto es algo que decidí, no podía seguir así. Esteban está en una institución para desintoxicarse de lo que sea que haya estado consumiendo, además de lo del alcohol.
Me quedo perplejo por un momento. ¿Me está diciendo que lo mando a rehabilitación y no me enteré de nada?

–¿Qué? ¿Cuándo pasó esto? –exijo saber.

–Ayer a la noche, lo llevaron preso por estar manejando alcoholizado y bajo consumo de sustancias toxicas. Llamaron acá a casa así que lo fui a buscar. Pagué su fianza pero le expliqué que no podía volver –la cara de papá se había transformado, sus ojos se veían tristes además de cansados. Me hace sentir mal haber estado enfrascado en mi propia culpa todo el día, él seguramente la había pasado peor anoche.

–¿Qué te dijo él? –pregunto con miedo por saber la respuesta.

–Bueno, no estaba en su mejor momento especialmente una vez que se le fue el efecto del alcohol. Lo llevé a un lugar que me recomendaron y charlamos un poco mientras estuvimos ahí. El accedió a quedarse voluntariamente. Lo que está haciendo no es vida, y no va a terminar bien. Me hubiera gustado que pudieran haber arreglado lo que pasó entre ustedes antes, pero no tengo duda que lo van a poder solucionar después. En éste momento el necesita estar ahí y vos, bueno, digamos que estás mejor acá. Tampoco quería que esté más tiempo en esta casa bajo esas condiciones y menos cerca tuyo. Fue una especie de ultimátum Lucas. Si quiere vivir con nosotros, tiene que cambiar.

Definitivamente no me esperaba esto. No estoy seguro de que decir. Solo me quedo mirando a la persona que está enfrente mío sin reconocerla casi. Él está tratando de hacer las cosas bien por nosotros, no puedo ser irónico sobre eso. No puedo ignorarlo si está haciendo su máximo esfuerzo. Me duele no poder odiarlo.

–¿Algo para decir? –pregunta.

Giro la cabeza a ambos lado, no se me ocurre qué.

–Bueno, a él no se le permite tener contacto con nosotros por el momento, así que si querés algo o necesitás hablarle vas a tener que esperar un poco –informa.

Asiento, no me sale palabra alguna.

–¿Te duele la cara?

–Casi nada hoy –respondo.

–Bien –dice levantándose de la cama y dirigiéndose hacia la puerta– cualquier cosa, estoy abajo.

Se va dejándome completamente perplejo. No solo por lo que acabo de escuchar, sino por la persona que acabo de ver frente a mí. ¿Realmente había hecho todo eso? Tal vez, realmente le importamos. Y ese pensamiento me desconcierta por completo.
El domingo amaneció casi tan nublado como yo me siento. No llamé a nadie anoche. Ni a mis amigos, ni a Anna. Sólo me quedé en mi habitación hasta que en algún momento cerré mis ojos y pude dormir. Tampoco había bajado a cenar, y por suerte el halcón que me vigilaba no me había recriminado nada.

A medida que pasan las horas me doy cuenta de mi inercia. Ya son casi las siete de la tarde. Me estoy tomando una taza de café sin ganas, con el celular al lado. Anna trabaja temprano los domingos así que debe de estar en su casa para esta hora. Miro del teléfono a la taza de café todo el tiempo. Me estoy quebrando. Quiero verla, abrazarla, tocarla y decirle que es mía para siempre. Estoy dispuesto a que Esteban me odie, a recibir la mirada de desaprobación de papá, a que me juzgue medio mundo. En este preciso instante no me importa, la quiero a ella.

Las ocho, las nueve, las diez. Mi tarea incompleta delata que mi cabeza está en cualquier lugar. A las diez y media me rindo y bajo la escalera, papá está en su habitación. Se acuesta temprano los domingos. Abro la puerta de entrada y salgo, tengo mucho cuidado para no hacer ruido.

Cruzo y voy por el jardín que lleva al patio lateral donde está la ventana de su cuarto. Me pregunto si esto que hago no me convierte en un acosador, no quiero saber la respuesta.

La luz del cuarto está prendida pero aparentemente no hay nadie en ella, podría mandarle un mensaje y decirle que estoy acá pero no quiero darle la chance de decirme que me vaya. No puedo dejar que me eche. No puedo irme sin verla. Me siento un rato a la espera de que entre, si la luz está prendida tiene que estar cerca. Estoy inquieto, ella tiene en mí el mismo efecto que las drogas tienen en Esteban. Maldita sea toda ésta situación.

Que irónico puede ser el universo a veces.

Me paro de un salto cuando escucho ruido desde adentro. Dejo de respirar cuando la veo tan cerca. Está envuelta en una toalla color blanco, húmeda y su pelo color caramelo está chorreando agua. Es lo más hermoso que vi en toda mi vida. Anna se pone a buscar ropa en su armario, aún no ve que estoy acá, mirándola desde el otro lado del vidrio. Mi corazón late tan rápido que siento que toda persona que habita en la casa puede escucharlo. No puedo soportarlo, simplemente golpeo el vidrio amablemente para que vea que estoy acá.
Ella gira completamente asustada y se tapa la boca para no gritar. Se endereza y me mira perpleja. Sólo logro gesticular un “perdón” por haberla asustado. Veo que sigue parada en el mismo lugar recuperando la respiración, al menos somos dos los que nos sentimos así. Camina hasta la venta y abre el vidrio por completo.

–¿Me querés matar del susto? –reprocha con enojo.

–¿Puedo pasar? –pregunto haciendo caso omiso a su comentario.

–¿Qué?

–¿Puedo pasar? –repito. No responde y yo tampoco espero. Paso una de mis piernas por la ventana y luego la otra. Se hace un lado sin decir palabra.
De repente estoy en frente de ella, la persona que me saca el sueño, que me deja sin aire. Busco algo que decir pero tal cual paso la otra vez, solo puedo mostrárselo con acciones.

La tomo por la cintura, pongo la otra mano en su pelo mojado y prácticamente me pego a ella. El sabor dulce de sus labios me envuelve por completo y despierta toda clase de sensaciones en mí al igual que la primera vez que la besé. Ella abraza mi cuerpo también, bueno es saber que no me rechaza, porque no la pienso dejar ir.

El beso se hace más salvaje, más urgente. Saboreo sus labios y su lengua, jadeo al sentir su respiración caliente. La presiono contra la pared con tanta fuerza que por un momento tengo miedo de lastimarla. Ella me agarra fuerte del cuello y prácticamente la subo arriba mío envolviendo sus piernas en mi cintura. Beso su cuello, su mejilla y boca de nuevo sin poder contenerme. Estoy completamente embriagado por el aroma a jabón y perfume de flores. Prácticamente me froto contra su cuerpo sin ningún tipo de vergüenza, toda sensación está amplificada a la décima potencia en este momento. Noto que la toalla se está cayendo de su cuerpo, a ella no parece importarle. A mi menos.

Escucho desde algún lugar que se queja y me separo sólo unos centímetros de su rostro.

–Me mordiste –dice con una sonrisa.

–Perdón –contesto casi sin aliento.

–No dije que no me gustara.

–Te amo –me escucho decir abruptamente antes de besarla de nuevo.




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